miércoles, 29 de abril de 2009

Rudo y Cursi

Quien acuñó por primera vez esa idea de que el fútbol es la metáfora de la vida no tenía, desde luego, un alto aprecio por la existencia humana. Además, contribuyó fatalmente a la legitimación social de niñatos con flequillos imposibles, paletos exiliados a equipos turcos y otras variantes de la inutilidad humana solo equiparables a los pilotos de Fórmula 1 y los participantes de rallys dispuestos a colarnos sus gestas como un ejemplo de superación solidaria. Por otro lado, con eso de que el fútbol es como la vida se ha generado toda una corriente filosóficobalompeica cuyo desastroso resultado es la proliferación de especialistas argentinos que adornan de soporífera verborrea lo que no es más (o lo que no debería ser más) que un deporte. Fíjense, por ejemplo, en el narrador de Rudo y Cursi, un cazatalentos porteño que no desaprovecha ningún inciso entre los diálogos para colarnos sus reflexiones sobre la profundidad ontológica del fútbol, sin percatarse de que su poesía barata provoca en el espectador no pocos instintos asesinos. Lo cual certifica, en cierto modo, que todo lo relacionado con el fútbol tiene la no demasiado encomiable capacidad de excitar al energúmeno que llevamos dentro.

No, Rudy y Cursi no es una reflexión sobre la vida a través del balompié y aledaños. No lo es, aunque lo pretende, y ese fracaso potencia aún más la absurda pedantería de los comentarios de la voz en off. Eso sí, Rudo y Cursi es futbolera al cien por cien: si el negocio de este deporte se basa en la repetición malsana de tópicos ("el fútbol es así", "esa es la grandeza del fútbol", "hay que respetar al rival", ¡ja!), la películita en cuestión (que, ya saben, reúne de nuevo a Gael García Bernal y Diego Luna tras Y tu mamá también) no le anda a la zaga a la hora de recopilar lugares comunes. Esto va del ascenso y caída de dos hermanos de pueblo que se convierten en estrellas de la cancha y, claro, no tardan en ahogarse en la coca, el lujo, la fama mal digerida y las Nurias Bermúdez de distinto pelaje. Todo quizás muy real, pero también aburridamente previsible y formulario tal y como aquí se expone. Lo cual, bien mirado, no deja de tener sus ventajas. El slang mexicano es tan incomprensible para la platea española que se agradece un argumento tan simplón: ello facilita el seguimiento (si es que consiguen mantenerse despiertos) de toda la trama.

Para colmo, Rudo y Cursi no encuentra nunca el punto, y su pretensión de ir agriando el tono de comedia inicial resulta por lo general una pretensión fallida, cuando no cae de cuatro patas en el dramatismo más ridículamente impostado. Para disfrutar en la medida de los posible de este productillo, uno ha de moverse por las bandas (¿han visto qué oportuna metáfora futbolística?). La línea general del film es menos atractiva que un discurso de la sosainas de González-Sinde, pero la química entre García Bernal y Luna sigue funcionando a las mil maravillas. Por otro lado, los apuntes (demasiado) colaterales sobre el kitsch cultural mexicano, el papel de la mujer y el poder de las mafias permiten, cuanto menos, acercarse a la vida de verdad. La que queda después de los goles y que solo se atreve a aparecer en los planos finales de la película. Pero esa ya es otra historia que, naturalmente, no tiene ningún interés... futbolístico.

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