martes, 23 de marzo de 2010

Brothers

Las vidas de Tobey Maguire y Jack Gyllenhaal están curiosamente conectadas por su parecido físico, hasta el punto que algunos rumores apuntaban a Gyllenhaal como sustituto de Maguire en la saga Spiderman. Era cuestión de tiempo que Hollywood decidiese ponerlos juntos en una pantalla y, además, convertirlos en hermanos, como ocurreen el film... Hermanos. Aunque, la verdad, su consanguinidad en la nueva cinta de Jim Sheridan es bastante accesoria pese a lo contundente del título. Y es que este drama familiar de manual (tan correctito como insulso) bien podría haberse llamado Cuñados, Primos segundos o Tobey se fue a la guerra. Al principio parece, pero solo parece, que la cinta explorará las siempre pantanosas aguas de las relaciones familiares a través de dos hermanos luchando por el amor de la mujer de uno de ellos, pero bien rápidamente Sheridan se aparta de este escabroso escenario (escabroso para los EEUU, no para Europa, que aquí somos más guarretes) y decide explorar las heridas que las recientes guerras están dejando en la sociedad norteamericana.

Bueno, eso de "explorar las heridas" le queda un poco grande a este enésimo retrato del soldadito que va a misa antes de viajar a Afganistán. Quizás Sheridan pretenda defender su acercamiento al tema maquillándolo de ese pacifismo políticamente correcto (ya saben: no, aunque en el fondo sí, a la guerra), pero su visión digamos "humanista" se diluye por completo cuando, como apuntábamos, decide aparcar el estudio de personajes para entrelazarlo, hasta diluirlo, con la aventura trágica del protagonista en el frente antitalibán.

Vale, vale. Quizás no sea del todo correcto decir que Hermanos se despreocupa de la evolución emocional de los personajes, pero desde luego lo hace con poca garra: si por un lado no quiere entrar a fondo en los lazos que unen a cuñado y cuñada (la soledad, apechugar con una situación que no entienden), tampoco es que Sheridan se luzca cuando aparca a los moritos malos y se centra en la vida de los que viven la ausencia de un ser querido. Porque, y no me dirán que a estas alturas el tópico ya repugna, nuestra familia-de-militar-amante-de-su-país mata las horas haciendo tortitas, arreglando la cocina con la ayuda de un grupo de nerds cerveceros y, claro, yendo a patinar con la niñas. ¿Qué mejor sitio que la pista de hielo para que nuestra Natalie Portman (muy bien en su papel) y nuestro Jack Gyllenhaal (éste, no tan bien) se crucen miraditas de protoamor mientras Tobey Maguire (aquí, pésimo zombie sobreactuado) lucha for the country?

La pareja patinadora sucumbe, claro, al calor de la chimenea y fumando un cigarro (¿un porrito, quizás?), que ya se sabe que es la manera de darle un toque adulto y transgresor a cualquier historia actual. En ese momento, y entre calada y calada, el personaje de Portman pretende demostrarle al cuñado que ella no es la tipa distante y disciplinada que parecía ser en el instituto. "Es un tópico", suelta. Y no sabemos si se refiriere a su imagen escolar, a la conversación junto al fuego o a toda la película en su globalidad.

Y es que Hermanos es una postal de la América profunda que, precisamente por eso, es incapaz de encontrar algo de verdad en su trama emocional. Aquí, sin duda, la culpa la tiene el director Jim Sheridan, que baja del limbo fabulador y poético de su anterior En América (película, por cierto, muy reivindicable) para poner sus piececitos irlandeses en la tierra firme de las camisas a cuadros, los bares de Moe y las familias cuyos abuelos siempre tienen pinta de Sam Shepard. Y, claro, este es un terreno ajeno al cineasta, que por pura desconexión emocional no tiene más remedio que retratarlo a través del lugar común. A no ser que, en una jugada de perversa mirada crítica, Sheridan venga a decirnos que todo en los EEUU (la familia, la guerra, sus valores) es pura postal, puro espectáculo. Juzguen por ustedes mismos, aunque viendo a tanto talibán de crueldad extrema o la manera perversa de utilizar la imagen de los niños (1), uno tiene la sensación de que Sheridan anda loco por creerse la postalita que filma.

(1) Aquí hay tema para rato. Deberíamos empezar a pensar qué nos pasa con la infancia, qué juego perverso nos lleva a sobreprotegerla (ahora resulta que controlar el Facebook a un hijo es ir en contra de su derecho a la intimidad) mientras, por otro lado, utilizamos y manipulamos la imagen de la muchachada de manera absolutamente deplorable. En el caso de Hermanos, ahí tienen a las dos niñitas del soldado, siempre dispuestas a enternecer corazones, mientras que en Afganistán los niños saludan y sonríen a los soldados yanquis, o asisten con cara de susto a las salvajes torturas que cometen sus padres.