
DreamWorks está llena de estos tipejos que, en lugar de contar cosas, acumulan citas sobre la cultura popular a la espera de que la nostalgia del espectador haga el resto, como en esos programas de televisión que repasan las décadas pretéritas a base de las canciones que fueron éxito entonces. Pues vale, pero la cosa ya apesta a refrito del refrito y la fórmula se ha asentado peligrosamente en el terreno del puro patetismo graciosete-irritante, cuando no directamente de lo idiotamente previsible (véase la escena del presidente de los EEUU tocando un Casiotone).
Pero es que aún hay más: DreamWorks está llena de tipejos que, además, se adscriben a una de las actitudes más indignantes de la especie humana: el peloteo. Ya me imagino a estos animadores y guionistas, con sus gafapasta, su ristra de bolis en el bolsillo de la camisa y su risita sudorosa y nerviosa mientras enseñan al jefe Spielberg la bromita que han puesto sobre E.T. o Encuentros en la tercera fase (sí, aquí se vuelve a hacer coña sobre la famosa secuencia musical de John Williams. Lo último en bromas cinéfilas, vaya). En fin, todo muy repelente.
Puedo admitir que todo lo anterior sea, en el fondo, un problema mío, una falta absoluta de conexión entre lo que a ellos les hace gracia y lo que a mí me hace gracia. Debo ser, lo reconozco, un tío raro porque Aterriza como puedas me parece una soberana tontería, y Monstruos contra Alienígenas no anda lejos de ese tipo de humor que tanto parece haber influido en la generación amamantada por los mass media de los setenta. Aún así, suponiendo que exista esta falta de conexión, resulta bastante evidente que la nueva película de los papás de KungFu Panda (uf) está muy por debajo de sus anteriores "logros". Los diálogos han perdido chispa, los personajes no tienen ningún encanto (¡alarma, alarma: no vais a vender ni un muñequito!) y el, digamos, meollo argumental sobre el derecho a ser diferente parece no interesar a nadie: ni al público ni a los responsables del film, que se lo ventilan con un par de escenitas de forzada "intensidad dramática" (la chica gigante sola en su habitáculo mientras la cámara, oh qué gran recurso cinematográfico, se aleja de ella).
El problema de Monstruos contra Alienígenas es que está pensada como presentación del nuevo sistema 3D y eso ha acabado capitalizando toda la atención creativa del equipo. En el film son más importantes los travelling circulares (los hay a porrillo) que la trama, una aburridilla batallita entre los extraterrestres y un equipo especial de mutantes que pretende retrotraernos a los tiempos del terror Universal y la ciencia-ficción de los años 50. Y, como corresponde a la filosofía DreamWorks, el recurso consiste simplemente en expoliar el imaginario popular (La mosca, El ataque de la mujer de 50 pies, La mujer y el monstruo, Godzilla) sin ir mucho más allá. Esa ausencia de ambición es la que marca la extensa frontera entre lo gracioso y lo tocado por la gracia, o sea, entre DreamWorks y Pixar. Si los primeros imitan, los segundos recrean, y por eso los gags de este film son una patochada y los de Wall·E (o Monstruos S.A., que es un referente más acorde) son un gozo. Monstruos contra Alienígenas, en fin, se plantea como una película "al estilo de" la ciencia ficción de serie B; no dudo de que Pixar, con este material, hubiese trabajado intensamente en fabricar una película que "fuese" ciencia ficción de serie B. Que fuese lo que no es Monstruos contra Alienígenas: una película con credibilidad.
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