viernes, 9 de enero de 2009

RocknRolla

"Tienes la gracia en el culo", le dice uno de los personajes de RocknRolla al enrollado protagonista de este film de mafiosillos de cartón piedra. Y, la verdad, no se nos antoja mejor definición que esta frase para intentar explicar qué es o qué transmite la nueva película de Guy Ritchie (ya saben, el ex de Madonna). Lo suyo es como una noche de copas con el tipejo que, reconozcámoslo, hemos sido o hemos sufrido alguna vez: ese tipejo que empieza la noche entonado, soltando alguna que otra gracia inspirada y que, envalentonado por el éxito, acaba hartando hasta el señor de la manguera que a altas horas de la noche se encarga de regar las Ramblas para que al día siguiente la ensucie una nueva horda de guiris.
Mientras escribo esto, veo en una estantería de casa unos muñequitos que, al estilo de los Clicks de Famóbil, reproducen diferentes personajes de Pulp Fiction. Y algo parecido es RocknRolla: memorabilia de la película de Tarantino, souvenir de plástico que rememora unas gracias ajenas, pero que resulta incapaz de reproducir su ingenio. A Guy Ritchie seguro que te toca llevarlo paposo a casa después de una noche de farra perforándote el cerebro con sus chistes chuscos. Con Tarantino, por seguir el símil, te dan las 6 de la mañana en la puerta de un after y no puedes parar de escuchar sus paridas. Ambos van de viciosos y perniciosos, pero el primero es coca cortada con azúcar glasé, mientras que el segundo es material de primera, perica de la buena.
Eso sí, es innegable que Ritchie conoce la fórmula tarantiniana y la aplica con fruición. Todo consiste en coger tipos marginales, vestirlos bien, envolverlos con una particular (a)moralidad y montar un lío, con tiros, mafias rusas y violencia refinadamente salvaje que, en este caso, gira entorno a un trapicheo inmobiliario.
Desgraciadamente, el problema del bueno de Guy es que cuenta cosas sin saber exactamente qué es lo que quiere contar. El placer de narrar, dirán algunos, pero la verdad es que RocknRolla agota sus cuatro fuegos de artificio durante la primera hora y después todo se diluye como un caramelo rechupeteado, sin nada claro que decir ni personajes con un poquito más de grosor que el póster del propio film. De este modo, cuando Guy cuenta los chistes de Quentin, le salen cosas tan patéticas como la escena del baile entre Gerard Butler y Thandie Newton, remedo del famoso encuentro entre Travolta y Thurman que, en este caso, difícilmente llega a la categoría de parodia.
Sigamos con este ejercicio de cinematografías comparadas y díganme, tarantinianos de pro, si no es para someter a tortura a un tipo como Ritchie, capaz de firmar líneas de diálogo del estilo: “No he visto tantas rallas ni en los documentales de cebras”. Lo dicho, la gracia en el culo, y la demostración palpable de la poca sangre de este directorcillo, que nos acerca al lumpen de mafiosos, drogadictos y ladronzuelos con ridícula candidez, tal vez persiguiendo dotar (infructuosamente) a sus macarras de un hálito de pureza inocente. Pureza inocente que, en lugar de dar cierto toque humano y épico-arrabalero a la peña, la convierte en indigesta tropa de tontainas que no deberían haber abandonado nunca la guardería.
Eso sí, a Ritchie se le ve un tipo listo, como corresponde a todo aspirante a ser, por lo menos durante un rato, el alma de la fiesta: para ocultar la mediocridad, nada mejor que no parar de hablar (lo saben bien muchos políticos y tertulianos de La Noria). Así que durante la interminable broma que es su película aprendemos cómo deben dar las bofetadas los verdaderos tipos duros; descubrimos por qué hay cangrejos asesinos en el Támesis; se nos informa (voz en off mediante) de la manera de distinguir a un yonqui de un carterista; se nos pasea por la peculiar fauna criminal de Londres; y se nos recuerda que en la cácel conviene caminar con el culo pegado a la pared, nueva muestra del fino sentido del humor de un director que oculta su ñoñería bajo los trajes cool del guardarropa tarantiniano. Y claro, al final se le nota el disfraz, sobre todo cuando, en su intento por dar emotividad a sus esquemáticos personajes, sale a flote su tendencia natural al buenrollismo más infantil. Momento para el recuerdo será la escena de un drogata explicando a un compañero qué es la “monstruocosquillasis”, conversación ¡sobre cosquillas! que supuestamente aspira a emular esos monólogos sobre nimiedades tan del gusto tarantiniano. O quizás todo sea un guiño de papá a esos retoños nacidos de su, por entonces, feliz matrimonio con la Ambición Rubia, aunque uno tiene la sospecha de que, en realidad, la reivindicación de la cosquilla forma parte del universo personal del director. Un director que con obras como esta demuestra que sí, que es posible mezclar a Tarantino con los Teletubbies y conseguir, además, que te estrenen la película.

No hay comentarios: